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Conocemos al bullying generalmente por sus tipologías físicas, verbales, cibernéticas y sexuales, pero estas no son las únicas maneras en que se manifiestan en los pasillos escolares. Todo aquel acto que involucre la disminución de un alumno hacia otro por alguna razón es considerada como bullying, tal y como es el caso de las diferencias raciales.

Sin importar si se trata del color de piel, clase social, etnia, religión o lugar de procedencia, cualquier acto de burla por algunas de estas causas es considerado como bullying racial, debido a que el perpetuado se siente y piensa que es de alguna manera “superior” a su víctima por pertenecer a un estrato totalmente diferente a él.

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Pero ¿Por qué ocurren estos acosos?

Hay que recordar que, en cualquier caso de bullying, la forma de acoso es solamente una excusa que el perpetuador toma como “valida” para actuar contra la persona, bien se porque se sienten intimidados por su inteligencia, amabilidad, personalidad o por cualquier otra razón que ellos quisieran poseer o quisieran que los tratasen.

En el bullying racial, los perpetuadores toman esa característica significativa de la persona y la trastornan en un motivo para burlas, humillaciones o vergüenzas, cuando debería ser todo lo contrario. Fomentando el aislamiento de la persona en el entorno escolar y en las interacciones sociales, así como en la pérdida de confianza en sí mismos y en sus capacidades, evitando así la integración que debería ser parte del aula de clases, enseñándoles a tener miedo y desconfianza a los cambios o a las novedades.

Esta forma de bullying no hace que las personas que lo practican sean más superiores que a quienes molestan, sino que fomenta la discriminación futura, la formación de “guetos” grupales como refugio, la depresión juvenil y las actitudes defensivas, agresivas y falsas que pueden tomar las mismas para escudarse de estos ataques. En resumen, no trae nada bueno para la sociedad sino exactamente lo contrario, solo se contribuye para dañarla.